martes, 11 de agosto de 2015

CAMBIO CLIMÁTICO, de Cristina Morano

Si el cambio climático no presagia nada bueno, la portada del libro (muy bien elegida, por cierto) tampoco ayuda al optimismo. Como la propia autora expresa al final del libro Cambio climático se llamaba, en el 2009, Mirando al este, un verso de Juan Gelman y estaba escrito desde la ilusión de quien comienza una relación de pareja. Desde entonces "ha llovido mucho", nunca mejor dicho, y muchas cosas han cambiado, incluso las que creía verdaderas o hermosas.

La poesía, ya sabemos, nace mayoritariamente del dolor y se convierte en grito. Cómo se module después, es cosa del poeta. En este caso, Cristina Morano elige un tono conversacional y expresa su insatisfacción con la realidad que la envuelve desde la reflexión y la denuncia. El título, claro, es una metáfora de todos eso procesos de degradación a los que nos vemos sometidos a lo largo del tiempo. No deja de ser significativo que el poemario coincida en su construcción con el desarrollo de la crisis económica.

Pero que nadie crea que son los elementos más propiamente sociales o políticos los que determinan el recorrido de los poemas. No estamos ante una obra de poesía social. Cristina Morano mira de frente lo que tiene a sus alrededor y ofrece una respuesta tamizada por su forma de estar en el mundo, desde sus miedos, sus inseguridades, sus convicciones y sus incertidumbres. 

A veces dura, como el desierto que intuimos en los barrancos de Gebas; irónica, otras; crítica siempre ante la aceptación sumisa de lo cotidiano —espléndido el poema Salida de las oficinas—. Aunque la realidad en la que nos sumerge resulte desoladora, sus versos resultan bellos, por certeros.

UNA COMIDA RURAL

Mañanas de domingo en el pueblo
con mi abuela lavando el animal
que luego cocinábamos:
me señalaba el músculo,
la flexibilidad del lomo,
y el sitio exacto en las costillas
donde quedaban restos de la pólvora.


Después nos reuníamos
y alrededor de la cazuela
se nos contaba cómo había corrido
delante del fusil, cómo los perros
relumbraban al sol del alba
con el lomo pegado a la pradera
y el hocico en las patas de su víctima,
ya herida pero aún más rápida y más fuerte
que toda la jauría.
                             No se hablaba
de nada más en la comida
más que del crimen necesario
que nos permitiría otra vez
crecer, no pasar frío en noviembre.
Y toda la celebración tenía
ese respeto triste por los muertos
de quien se reconoce como animal famélico,
herido en otra especie, en otra caza.

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