lunes, 20 de octubre de 2014

EL PENSAMIENTO MÁGICO-INFANTIL EN LA POESÍA

La poesía, tal vez porque tiene una mayor relación con los sentimientos y las emociones que otras formas de expresión, tiene una ligera querencia por las concepciones mágico-infantiles. Quiero decir que estadísticamente abundan más las poéticas que chocan claramente con la realidad, que las de cualquier otro campo de la cultura al intentar explicar el mundo.

Esta concepción mágica de la realidad tiene mucho que ver en la actualidad con el Romanticismo y su hermano menor el Simbolismo, pero viene de más lejos, de mucho más lejos. Si nos pusiéramos a buscar los orígenes, tendríamos que remontarnos al origen mismo del pensamiento, cuando para poder explicar cualquier fenómeno teníamos que recurrir a los dioses en sus diferentes formas y manifestaciones.

Resulta curioso comprobar cómo en el esfuerzo por hacernos con una explicación cada vez mejor de lo que somos y lo que nos rodea, hayan sido Poesía y Filosofía las que más residuos de pensamiento infantil tengan adheridos a sus párpados, lo que a veces les provoca problemas de visión o que lo que crean ver no sean nada más que formas borrosas, originadas por las legañas místico-metafísicas.

Que la poesía disponga a su alcance de un fabuloso arsenal de recursos retóricos, que tenga como objetivo la expresión de la belleza o que en buena medida ande enredada entre las emociones, no justifican las numerosas caídas y recaídas en lo inefable, lo inexpresable, el esencialismo, la verdad de la verdad y todas esos conceptos nacidos del sueño de la razón, con el que bastante tuvo que ver en el siglo XX el metafísico Heidegger.

Acercarnos a la belleza del mundo, sorprendernos con imágenes nuevas, recordarnos la importancia del amor —o el enamoramieto, si se quiere—, hacernos ver lo que somos y lo que podemos ser, descubrirnos nuevas fuentes de placer estético o recordarnos, quizá, el porqué del sufrimiento, no necesitan de una concepción mágica del mundo. El autoengaño, como mucho, genera un placer pasajero y, una vez superado, un regusto amargo y una sensación de impotencia.

La poesía tiene que expresar, como cualquier otro género, todo cuanto sea capaz de expresar, básicamente, por medio de la palabra —lo que no obsta para que recurra a otros elementos—, pero debe hacerlo sin echar mano del engaño, sin falsificar la realidad, porque si forma parte de la cultura, también está comprometida con el desarrollo del conocimiento, y ése es un compromiso ineludible de toda persona que se dirige a otras. 

Nadie va a pedir que su implicación alcance el mismo grado y tenga las mismas condiciones de representación que, es un decir, la Biología o la Química. Sin embargo, tal vez sea mayor su responsabilidad en esta tarea, porque está más próxima al sentir medio. Podemos recordar un verso hermoso o significativo y vivir con él toda la vida, más difícil es que recordemos las leyes de la termodinámica, y, en cambio, nada impide la radical belleza de las últimas.

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