viernes, 11 de julio de 2014

LA BARBARIE DE LA VIRTUD, de Luis Gonzalo Díez

El problema del siglo pasado no fue sólo la destrucción causada por los totalitarismos, sino la inspiración virtuosa de la misma, el razonamiento ideológico que la encauzó por la senda de lo que Todorov ha denominado la "tentación del bien". Las vanguardias revolucionarias, jacobinos, nazis y bolcheviques, dilucidaron en su filosofía de la historia el impulso moral de su capacidad política, la legitimación de la voluntad de poder necesaria para obligar a la recalcitrante realidad humana a cicular por las vías de su pregonado destino histórico. Aquellas minorías políticas fanatizadas literalmente empujaron a la vieja sociedad en la dirección prefijada por su ideología. De tal modo que, según ellas, lo que estaban haciendo era un ejercicio expeditivo de virtud, pues respondía a la conquista histórica de la verdad (p 193. Los subrayados son del autor).

Este es el antepenúltimo párrafo del libro, pero que, a mi entender, es un estupendo resumen de la tesis que defiende el autor y que el mismo título (me encanta ese oxímoron) recoge fielmente, y es por lo que he abierto este breve comentario utilizando las propias palabras del autor y no las mías. 

Por si no quedara claro del todo, me apresuro a decir que lo que el trabajo de L. G. Díez plantea es el problema que generan las defensas radicales de la pureza de la idea, los mesianismos, los fanatismos del bien, las ideologías trascendentalistas, es decir, todos aquellos iluminados que vieron qué había que hacer y cómo había que hacerlo para conseguir una sociedad mejor, un mundo más libre y más justo, e intentaron imponer su visión al resto de la sociedad.

El texto se ocupa de los dos últimos siglos de nuestra historia política, esto es, de la época que se abre con la Revolución francesa y que supone el inició de cuantos movimientos socio-políticos se han producido en el mundo occidental originados por una doctrina ideológica, por un pensamiento político, por el empuje de una vanguardia altamente convencida de la validez de sus ideas.

Lo mejor de la exposición es que resulta honesta y se va construyendo sobre argumentos y razones de otros pensadores que han vivido el tiempo histórico del que se ocupa, no trata de esconder su posición intelectual y en todo momento ofrece el material que maneja a la discusión del lector. Un libro para el debate desapasionado de las ideas, donde lo que importan son los argumentos.

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