jueves, 15 de mayo de 2014

ÉCHALE UNA MANO A LOS DERECHOS HUMANOS, A LOS TUYOS, A LOS DE TODOS

Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.

La sociedad, cualquier grupo social del tamaño que sea, se asienta sobre un pacto de respeto y reconocimiento del otro. Reconocemos al otro en cuanto semejante, en cuanto persona con las mismas necesidades y los mismos derechos que nosotros. Miedos y angustias semejantes, deseos e ilusiones similares. 

Sin este reconocimiento implícito, y necesario, los grupos humanos se vuelven inseguros, se resquebraja la confianza entre sus componentes y se derrumban. No es posible una sociedad sana sin ese reconocimiento mutuo. La existencia de la tortura lo arranca de raíz, porque la tortura degrada a la persona a la categoría de cosa, anula absolutamente su dignidad.

Conseguir una sociedad en la que sea posible mirarnos a los ojos y reconocernos como seres humanos empieza por aceptar existencia del otro como semejante, como persona, como sujeto en el que reconozco todos y cada uno de sus derechos, los mismos que los míos, los mismos que los tuyos.

Es un proceso largo. Es un proceso difícil. Es un proceso complejo. Pero es un proceso absolutamente necesario que se va consolidando con la participación de todos. Échale una mano a los derechos humanos, a los tuyos, a los de todos. 


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