lunes, 24 de marzo de 2014

HISTORIAS VERDADERAS Y FANTÁSTICAS

Cuenta Plinio en su Historia natural —pero nadie sabe si es verdad— que en una antigua ciudad griega de la actual Turquía levantaron los lugareños un templo dedicado a la diosa de la caza, los bosques, los animales salvajes y la fertilidad. 

Aquel templo era tan magnífico que medía 425 pies de largo, 225 de ancho y disponía de 127 columnas de 60 pies de altura. Quersifrón era el arquitecto encargado de dirigir las obras de semejante maravilla.

Difícil fue levantar los arquitrabes que debían apoyar sobre los capiteles de las columnas. Quersifrón, hombre sabio, resolvió el problema construyendo un plano inclinado y utilizando bolsas de arena. Cuando el arquitrabe estaba en lo más alto, se retiraban las bolsas y la gran pieza encajaba sobre los capiteles.

Imagen tomada de Wikipedia
Sin embargo, el gran arquitecto no podía dormir pensando en el dintel que debían colocar sobre la entrada. Era el mayor bloque de todos y su peso, descomunal. La desesperación del artista le llevó a pensar incluso en el suicidio.

Una noche, mientras daba vueltas al problema, el sueño le venció y se le apareció la diosa. Desde el sueño, la hermosa cazadora le exhortaba a vivir, porque el gran arquitrabe lo había colocado ella.

A la mañana siguiente, corrió Quersifrón al templo y vio, efectivamente, que la enorme masa descansaba perfectamente asentada en su sitio. El resto del edificio ocupó mucho tiempo, pero los grandes problemas habían desaparecido. Y cuando estuvo terminado, no hubo ser humano que no admirara aquella maravilla.

Pero la maldad no descansa y el deseo de gloria puede emponzoñar cualquier corazón. Así, con la brutal intención de que su nombre se difundiese por todo el orbe conocido, un individuo atroz y desalmado dio fuego al templo y el templo fue destruido.

Los prudentes habitantes de aquella ciudad prohibieron mediante decreto que el nombre del criminal fuese reproducido. ¡Que el silencio y el olvido sea con aquel que persigue la vanagloria! 

A pesar de todos los esfuerzos de tan discretos habitantes, la elocuencia de Teopompo y el afán de divulgar de las enciclopedias quebrantaron el decreto.

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