jueves, 26 de septiembre de 2013

GUIDO CAVALCANTI

Corría el siglo trece y Florencia estaba envuelta en aquella pegajosa y familiar guerra entre güelfos y gibelinos. El bueno de Guido sufrió las consecuencias de ese enfrentamiento quizá más que otros, pues, como en el drama de Shakespeare, se enamoró y se casó con Beatrice Farinata, hija de un dirigente del partido contrario.

Guerras al margen, Cavalcanti fue uno de los grandes poetas italianos del duoccento y uno de los creadores del Dolce stil novo. Sin embargo, entre aquellos poetas también se encontraba un amigo y admirador suyo, Dante Aligheri, cuyo nombre haría empequeñecer cualquier otro a su lado.

A pesar de todo, Cavalcanti es un poeta muy conocido en Italia y aunque no tanto fuera de ella, sí goza de cierto prestigio, y en ello algo tienen que ver las alabanzas que le dedicó otro gran poeta, esta vez del siglo XX, me refiero a Ezra Pound.

Tal vez su poema más conocido y emblemático sea el que comienza Dona mi prega, que es el poema con que Masoliver abre su ya clásica traducción de las Rimas para la casa Seix Barral. Yo, en cambio, os dejo uno de sus muchos sonetos.

Tú en cuyos ojos ver es muy corriente
a Amor con tres saetas en la mano,
este espíritu mío asaz lejano
te recomienda mi ánima doliente,
herida ya de modo bien patente
por dos saetas del arquero ufano
que apronta la tercera, mas en vano,
pues no me alcanza estando tú presente;

aunque daría al alma nueva vida,
que en el menguado cuerpo casi yerta
se halla por ambas flechas malherida.
La primera da goce y desconcierta
y la segunda abona la venida
del lenitivo en que es, la última, experta.

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