lunes, 20 de mayo de 2013

EL PACIFISTA

John Boyne no se anda con chiquitas a la hora de ofrecernos una historia. Las suyas no son historias fácilmente digeribles, aptas para paladares sensibles. Son historias en las que uno se juega todas las convicciones. Son historias que remueven la existencia. Nos pone ante hechos y circunstancias que marcan para siempre la vida de sus protagonistas.

Desde luego, la vida de los soldados durante la época de la guerra de trincheras en la Primera Guerra Mundial no era el marco más adecuado para que las horas transcurrieran plácidamente, ni tampoco para que se entretuvieran pensando en las bellezas que la naturaleza les podía regalar.

En ese contexto las palabras amistad, tiempo, vida, amor, principios o libertad pueden adquirir connotaciones muy diferentes a las que tienen en un ambiente alejado de la guerra, sus miserias y exigencias. En esas circunstancias la lealtad y el honor pueden depender de un hilo tan delgado e inseguro como del que pende la vida misma.

Boyne domina el arte narrativo y nos ofrece en esta novela tan dura como conmovedora el relato de un personaje absolutamente hundido por la crueldad de unas experiencias por las que ningún ser humano debería pasar nunca. Pero somos efectivamente humanos y, por ende, capaces de lo más sublime al mismo tiempo que ponemos en práctica nuestro ser más bajo y miserable.

No quiero cerrar este breve comentario sin destacar la habilidad del autor por sumergirnos en la historia al margen de todo maniqueísmo. Fácil sería situarse con respecto a los personajes —o con respecto a la época— desde un punto de vista moral; sin embargo, Boyne se adentra en el relato desde dentro de ellos mismos, de tal forma que podamos entenderlos sin juzgarlos, desde la empatía, lo que dota a la novela de un valor añadido. Es el punto de vista de un gran narrador.

Gracias, Ana  Cristina.

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