miércoles, 12 de diciembre de 2012

DICIEMBRE

Diciembre es una mina para el recolector de leyendas o para el interesado en la mitología cristiana. Y puedo suponer que a los únicos que no les interesa esta mitología es a los cristianos católicos, que cómo se han puesto porque su santo varón ha escrito por primera vez en un libro que eso del buey y la mula no tiene visos de ser una verdad histórica.

Diciembre, sí, es el mes mitológico por antonomasia en el imaginario cristiano—juntamente con el de abril—, porque en él se instala uno de los eventos más significativos para los creyentes de esta religión: el nacimiento de Jesús. Pero no es de la navidad de lo que voy a ocuparme aquí, si no de alguno de sus vecinos, que son muchos y bien conocidos.

En este mes se encuentran alojados nada menos que santa Bárbara (sólo nos acordamos de santa Bárbara cuando truena), san Nicolás (Papá Noel, Santa Claus, San Nicolás, Colacho, Viejo Pascuero, Julemanden, Jultomten...), la Inmaculada, santa Lucía, los Santos Inocentes y san Silvestre. De momento, me ocuparé aquí de santa Lucía, por ser mañana su fiesta.

La anécdota, muy conocida, podéis leerla aquí. Lo que me interesa de ella es el nombre, lo que se nos dice de los ojos y la fecha en que está colocada. Lucía, es evidente, procede del latín lux, -cis, y significa "la que emite luz". Los ojos que se quita para ofrecérselos a su pesado pretendiente son el medio con el que adquirimos la luz, todo cuanto vemos, y, yendo más allá, el propio conocimineto. Y la fecha del martirio, 13 de diciembre, es la fecha en que en aquella época coincidía el solsticio de invierno como consecuencia de la diferencia entre el calendario solar y el juliano.

Santa Lucía es la metáfora de la luz que se anhela y espera. Es la anunciadora de la luz —de la vida— que en seguida vendrá. Es, otra vez más, la referencia a la naturaleza cíclica del tiempo, la promesa de que la vida vuelve a regenerarse.

Y un poquito de música:


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