lunes, 29 de octubre de 2012

NINGÚN SER HUMANO ES UNA ISLA

Ningún ser humano es una isla, aislado en sí mismo; todos los hombres son parte de un continente, parte de la tierra firme. Si el mar arrastra consigo un montoncillo de tierra, Europa lo siente como si fuera todo un promontorio o la heredad de tu amigo o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me hace menguar porque estoy involucrado en la humanidad, de modo que no mandes saber nunca por quién doblan las campanas: doblan por ti.

Estas líneas forman parte de la Meditación XVII de John Donne, del recopilatorio Devociones para ocasiones emergentes. 

Es bien sabido que a Hemingway le sirvió para dar el título a una de sus más famosas novelas. Más allá de esta anécdota, las palabras de Donne son de una hondura y una belleza absolutas. Además de su poesía, que es relativamente bien conocida en castellano porque lleva muchos años traducida, sus Meditaciones no lo son tanto. Buena parte de ellas las tradujo Andrea Rubín bajo el título de Paradojas y devociones.

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