domingo, 5 de febrero de 2012

LA MÚSICA DEL MUNDO

Hacía tiempo que no subrayaba un libro con tanta fruición. Efectivamente, soy de los que subrayan los libros e, incluso, de los que escriben en ellos... si los libros son míos, claro.

Lo primero que me llamó la atención de este libro fue el título. Hace tiempo había leído una novela con ese mismo título, y eso provocó inmediatamente mi curiosidad. Cuando ya tenía el libro en la mano, más aún me atrajo el subtítulo, que en realidad está más cerca al contenido del libro, aunque carece de la belleza del primero

El texto supone una reflexión sobre qué es lo que posibilita el conocimiento. En qué posición nos colocamos con respecto al saber para que ese conocimiento sea fecundo. La cuestión no es baladí, puesto que de ella depende, en buena medida, el desarrollo de un tipo de sociedad u otra. Y aquí entramos en la vieja discusión de las dos culturas, la artística o la científica, la matemática o la literaria. Ni que decir tiene que entre una y otra no hay una barrera excluyente que nos impida movernos por ambas a la vez.

Pero no se trata de esa vieja discusión, sino que es una cuestión sobre el punto de vista que implica una forma de pensar. Si en el origen se encuentra el mito, la palabra, el misterio que la palabra nombra y desvela, la matematización, la cuantificación técnica y numérica aplasta cualquier posibilidad de conocimiento trascendente.

En este sentido, el recorrido realizado por la cultura occidental sería, esquematizando mucho, el siguiente: el filósofo roba la verdad al poeta y la coloca sobre el pedestal del argumento. El científico se la roba posteriormente al filósofo en la Edad Moderna cuando aquella se encuentra ante la necesidad de ser sustentada numéricamente, y se pone en marcha el método científico. Estoy simplificando mucho el pensamiento de Javier Argüello y lo mejor que se puede hacer es leer el libro que, cuando menos, resulta muy entretenido.

Termino con una cita hermosamente discutible, como todo el libro: Es curiosa la naturalidad con que hemos aceptado como válida la aseveración acerca de que es la capacidad de razonar la que constituye el rasgo más característico del ser humano. ¿De verdad creemos que es lo que más claramente nos diferencia del resto de las especies? ¿Más que la capacidad de amar, la de sentir piedad, la de imaginar mundos posibles? (p 120).

Reivindicación absoluta de la palabra.

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