domingo, 5 de septiembre de 2010

CRISIS DE VALORES

Es difícil deshacerse de tópicos, muletillas y expresiones hechas, porque son como los chicles, pegajosos y molestos, y cuesta mucho esfuerzo quitárselos de encima. Esto mismo ocurre con esa frase manida y vacía de contenido con la que a veces se quiere poner fin a una conversación tan tópica y simplona como la frase misma: es que hay una crisis de valores muy grande. 


Generalmente, lo único que expresa el tópico es la falta de análisis de la persona que la profiere, además de su incapacidad para ver más allá de sus narices, y, en muchas ocasiones, su apego a unas costumbres y formas de actuar cotidianas que no quisiera que cambiaran nunca. En otras ocasiones, quien habla quiere ir un poco más allá y profiere su queja porque, a su modo de ver, la sociedad actual ha dejado a un lado los valores éticos (justicia, libertad, solidaridad...) y da prioridad a valores pragmáticos o útiles (adecuado, conveniente, útil...).

Dejando a un lado la discusión sobre la palabra crisis, su significado y sus implicaciones (la crisis es necesaria para que sigamos creciendo, de las crisis nacen las transformaciones para que la sociedad siga avanzando, etc.), sí parece importante que nuestros interlocutores sepan qué queremos decir cuando hablamos de valores. Al fin y al cabo no es lo mismo saber que tal reloj es muy bueno, que reconocer que la persona de la que hablamos es muy buena. El reloj tiene un valor de utilidad (indicar la hora y cuanto más exactamente lo haga, mejor), mientras que la persona de la que hablamos en ese término (buena) representa un modelo ético, útil en cuanto modelo y ejemplo para los demás, pero portadora de todo tipo de valores éticos en cuanto que la reconocemos como muy buena persona.

Más allá de esta puntualización técnica, lo cierto es que cuando oigo el temible latiguillo, lo primero que suelo percibir es que la persona que habla suele ser bastante tradicionalista (no hago aquí juicio de valor), no se refiere a la justicia ni a las mejores condiciones de vida de la sociedad y, casi siempre, lo que está reivindicando es un comportamiento social basado en lo que vivió, o creyó vivir, durante su juventud (lo que no quiere decir que sea el que los otros de su edad vivieron, ojo). Es decir, lo que expresa, con grandes dosis de nostalgia, muchas veces imaginada, es su propio malestar por no encontrarse muy a gusto entre sus contemporáneos y desea una vuelta a la arcadia perdida... que nunca existió.

La queja (sobre la juventud, sobre las formas de relación, sobre la música, sobre lo que sea), como podemos comprobar fácilmente, es vieja y viene repitiéndose desde que la humanidad deja por escrito sus pensamientos. Sería más provechoso que en lugar de proferir tópicos cansinos, nos dedicáramos a pensar por nosotros mismos y a expresar más claramente lo que queremos decir.

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