domingo, 7 de febrero de 2010

LA NOVIA DE WITTGENSTEIN


Me manda muy amablemente Dolan Mor (seudónimo de Orlando Morente) su último poemario, La novia de Wittgenstein, premio Barcarola 2008. Desde aquí le agradezco el gesto.

En primer lugar, debo advertir que nada tiene que ver este poemario con el libro del mismo título, de Mario Boero. Tampoco las personas a las que se refieren, aunque Wittgenstein esté por medio. Después, conviene decir que muchos poetas actuales, haciendo caso al diagnóstico de Octavio Paz sobre la poesía moderna cuando decía aquello de que después de Rimbaud sólo se podía escribir poesía que hablara de la propia poesía, es decir, metapoesía, se dedican en su obra a realizar exactamente eso, una reflexión sobre el sentido y los límites de la poesía. Y este es el caso de La novia de Wittgenstein.

Esto implica un poemario con cierto grado de hermetismo, más si tenemos en cuenta que algunos de los autores con los que se dialoga -o se intertextualiza- en el libro son también herméticos: Wallace, Eliot, Mallarmé, Pound..., y eso sin mencionar al autor del Tractatus. Por otra parte, el libro contiene un solo poema, eso sí, convenientemente dividido, en el que se combina la prosa con el verso, y en el que se ha prescindido de la puntuación, a mi modo de ver, con muy buen criterio. No obstante, a pesar de todo esto y de que se trata básicamente de un texto alusivo, el poema se lee con soltura gracias a la gran expresividad poética, gracias al dominio técnico del autor y gracias a la enorme presencia de sustantivos, que ofrecen un aire de esencialidad a todo el texto.

Problema distinto es el del significado último del libro, porque si
igual la poesía carece
de sentido de espacio
y dimensión a pesar de sus mezclas
raros experimentos
de un siglo hacia otro siglo
poblado de vanguardias
aquello que es creado
es reflejo y mentira
delante del cristal
nevado del espejo
pues cada pensamiento
conduce a la ignorancia
y cada situación del efecto
es la causa inicial del problema
y si aceptamos que De lo que no se puede hablar, mejor es callarse, en un alarde de coherencia, no habría que haber publicado el libro, el jurado no debería haberle dado el premio y yo no debería haberlo comentado.

¿No resulta todo esto un poco cansino y viaje a ninguna parte?

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