viernes, 24 de julio de 2009

TIME STOP (5ª parte)

Time stop es un cuento de Diego Consuegra


Al ver parado a Inzaghi con las piernas abiertas decidí empezar por él recreándome con un cañito marca de la casa, corrí 15 metros y unos dos antes de llegar le lancé un caño que no pasó por poco, golpeó en su pierna derecha y el balón retrocedió hacía mí, lo volví a intentar y esta vez golpeó en su pierna derecha y salió disparado hacia la izquierda. Como había empezado mal y no era cuestión de joder el gol del siglo, fui a por el balón y volví a la portería para comenzar de nuevo.

Empecé seis veces. Sí, lo confieso, a la sexta, lo conseguí a la sexta, soy muy malo y mi único contacto con el fútbol es el sofá y la grada, o sea, que lo conseguí a la sexta y de milagro. Animado por el tubito me lancé por Pirlo que estaba de espaldas y no me veía, llegué con la lengua fuera y eso que solo había recorrido 30 metros, me escoré un poco a la izquierda y un momento antes de llegar lo superé por la derecha, lo hice lentamente para recuperar el resuello y la fe en mi fútbol. Ya caliente, metido en faena y armado de valor me fui a por Gattuso, el cabrón de él, parado y todo, daba miedo, estaba a unos 20 metros y decidí echar el resto, me lancé como un poseso y cuando estaba a su altura decidí adornar la jugada haciendo una bicicleta y claro yo de bicicletas ni idea, como mucho había visto las de Robhino en la tele e intenté imitarle y hacer algo parecido. Creo que fue en la segunda pedalada cuando mi pie izquierdo tropezó con el derecho y me fui al suelo cuan largo como era. Quiso la mala suerte que a estas alturas de la jugada ya me encontrase al lado de Gattuso y al caer mi cabeza, concretamente mi ojo izquierdo, se estampó contra su codo. Yo me retorcía de dolor en el suelo y el cabrón de él ni se inmutó.


Pasaron varios minutos hasta que conseguí levantarme, lo hice muy lentamente, y la poca fuerza que me quedaba la empleé para estamparle una patada en los huevos que al menos hizo que recuperase mi maltrecha autoestima.

Recogí el balón y me fui caminando en busca de Dida, unos 10 metros antes de llegar me encontré con Maldini, dejé el balón en el suelo, me cuadré y le hice una reverencia, lo cortes no quita lo valiente, y Maldini se merece cientos.
Coloqué el esférico en las manos de Dida para que se le resbalase y volví a mi asiento, en el camino volví a reverenciar a Maldini, até los cordones a Seedorf le di una hostia a Nesta y otra patada en los huevos a Gattuso.
Me senté y aunque el dolor apenas me dejaba disfrutar del momento, coloqué de nuevo la pila para ver el gol.



Desde que me había asomado a la ventana no había vuelto a sentir un miedo tan atroz. Aquella vez fue por ver el mundo detenido. Está también. La diferencia es que ahora la pila ya estaba en el reloj. La pila estaba puesta y nada se movía. El reloj no funcionaba. Asustado saqué de nuevo la pila y la volví a colocar en su sitio. Nada. Todo seguía igual. Todo parado. La pila había perdido su brillo característico y el Time Stop ya no parpadeaba.
Pasé varias horas en el campo, sobrecogido, horrorizado, con los nervios destrozados y varias ideas martilleando mi cabeza.

Cuando se hizo de noche salí del Santiago Bernabeú y me encaminé hacia mi casa. Tardé media hora con una bicicleta que le quité de las piernas a un ciclista. Se quedó en una postura muy rara y por un momento imaginé su desconcierto cuando colocase la pila. El problema, mi gran problema, es que no sabía si conseguiría que el reloj volviese a funcionar. Esa noche no dormí y la siguiente tampoco. El ojo se me había amoratado de mala manera y no conseguía que bajase la hinchazón. Aunque mi cara era horrible, en aquellos momentos era lo que menos me preocupaba. El reloj seguía sin funcionar. Había sacado y metido la pila cientos de veces pero todo seguía inmóvil.

Pasaron cuatro angustiosos meses y el suicidio empezó a tomar forma. Una cosa era que el mundo se parase a mi voluntad y otra muy distinta que se parase para siempre. Necesitaba la vida. Detener el mundo sólo servía para que la vida fuese más interesante, más divertida. No quería el mundo parado, con el mundo parado nada tenía sentido. De repente aquel juego había dejado de serlo. Yo supuse que la pila era eterna, que el reloj era eterno, que el tiempo era perpetuo. Me equivocaba. Había cometido un tremendo error y algo me hacía pensar que era un error irremediable. El dinero, el poder, el ser dueño del tiempo me habían perdido para siempre. Ahora el horror se había convertido en el tiempo. El tiempo que solo pasaba para mí. El tiempo que me hacía envejecer y ver a todos siempre con la misma edad de aquel fatídico día de la final.

Continuará...

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